Es indudable que el mejor sitio para que los
niños aprendan a amar y a rezar es el hogar. Solo viendo el amor y la oración
de los padres, los hijos pueden entender el amor de Dios. Es por eso que
siempre se repite que ‘la familia que reza unida, permanece unida’, y si
permanece unida se amarán entre sí como Dios ha amado a cada uno de ellos.
También es cierto que cuando las familias están desunidas, muchos niños crecen
sin saber cómo amar ni rezar. El desconcierto y la soledad siempre empujan a
muchos jóvenes a entregarse a las drogas o violencia para escapar del
sentimiento de no ser amados.
Los hábitos, actitudes, conductas y decisiones que se dan en una familia
siempre la hace más consciente del amor a Dios, por lo que la oración se
convierte en algo fundamental para todos.
“La oración en la familia es importante. Es vital que se haga con devoción, que
no se limite a las palabras, sino que se transforme en hechos y testimonios de
fe”
La oración en familia debería ser para nosotros una actividad normal, pero respetando
sus ritmos y sus momentos. El primer paso lo tiene que dar la pareja
aprendiendo a orar ellos juntos. Una oración en pareja, sencilla, normal, sin
demasiadas complicaciones, hace bien a la pareja creyente y es la base para
asegurar la oración en los hijos. Es necesario que los hijos vean rezar a sus
padres en el hogar. Si ve a sus padres rezar sin prisas, quedarse en silencio,
cerrar los ojos y ponerse de rodillas, los niños captan intuitivamente la
importancia de esos momentos y perciben la presencia de Dios en el hogar.
Los niños aprenden a orar rezando con sus padres, por lo cual hay que hacerlos
participar en la oración, que aprendan a hacer los gestos, a repetir algunas
fórmulas sencillas, algún canto, a estar en silencio hablando a Dios.
Cada familia tiene un estilo propio y ha de encontrar el modo concreto de
integrar la oración en la vida del hogar. Pero se pueden ofrecer algunas pistas
concretas como rezar abrazados, antes de cada comida o al momento de irse a la
cama.
